La lengua de mis mayores (El juicio del tío Simón)

 


El juicio del tío Simón

- ¡Silencio! ¡Que haiga silencio,

 y que no rechiste naide!

Que dende que habís entrau 

no habís hecho otro que dale

a la lengua, y si lograis                

con tanto hablar que me enfade,

me devanto del asiento

c’han puesto pa aposientame,

y sus sagudo a unos y otros

en el tozuelo, dos cates.

- Si quié usté, tío Simón…

- Tú, arguacil, ¿quieres cállate

y guardar bien de silencio

pa dar ejemplo a los que hablen?... 

¡Mendrugo, mas que mendrugo!

Y deja ya de atufate

esos pelos de raposa

que paicen pugas de alambre.

- Es que verá, tío Simón…

- ¡Repaineta! ¡Que te calles!

¡Agora aquí, soy el juez,

no tío Simón, cara e catre!

- Si siñor. Pero es que yo

le quería icir enantes,

que si quié usté, estaré al tanto

y al que se menee u hable

le arreo dos bocetadas

u cuatro, sin avisale.

- Eso está bien descurrido,

pero agora vas y sales

a encasquetate la gorra

de arguacil, pa que así, naide

te degüelva el bocetón

si se te ocurre pegale.

- ¿Cuala? ¿La vieja u la nueva?

- ¡La nueva! Que güenos riales

me costó. Y como la estropies,

¡leñe!, ya pués preparate…

A ver si hay modo u manera

de que por todos se guarde

el rispeto que prepurnan

las leyes municipales…

¡Silencio! Que naide tosga,

ni s’asiente u se devante,

que vamos a escomenzar

el juicio, pa que se acabe

lo más pronto que se pueda, 

pues aun quiero ime esta tarde

al güerto a sacar patatas

y a regar luego el alfalce.

Y dimpues, a estame cutio

en la cuadra, a ver si pare

la burra, que ya está a punto…

- ¿De verdá? Miá tú por ande

si pariera un mulatico

querría que me lo guarde,

pa si es que nus entendemos

compráselo mas adelante.

- Si me das doscientos duros       

en cuanti que ya no mame, 

tuyo es…

- ¿No será algo caro?

- ¿Es que lo quieres de baldes,

morros de almú?

- Yo quió icíle, que me paice…

- ¡Qué te calles!

¡Y a callar tol mundo, ea!

Que agora vamos a dale

al juicioral. Tú, arguacil,

cierra la puerta la calle                    

y coge una vara e fresno

pa sagudile a tol que hable.

¡Se abre el azto! Prencipiando 

porque los lios de madres,

de güerfános y de críos…

u de sopas en vinagre,

nunca m’han dau güena espina

porque no hay quien los aclare, 

me encuentro agora metido

en una especie de enjuague

con dos siñoras mujeres

que, -haciendo punto y aparte

aun se encuentran tarcualejas-,

y qu’icen las dos ser madres

de este zagal que está engüelto

en toquillas y pañales;

y resultando que el crio

no ha nacido aquí, ni naide

sabe de ande nus ha venido,

ni siquiá quien es su madre

pues las dos que lo reclaman

tampoco se sabe de ande

han venido u de ande son,

ni las conoce su padre…

Resultando que resulta,

que tengo ganas que acabe

este lío, porque quiero

ime a regar el alfalce,

y a mí lo mesmo me importa

una madre que otra madre,

y el crío no pué opinar

porque no habla aunque lo mates.

- ¿Cómo quié que el enfeliz

que solo tié un mes, hable?...

- A eso voy. Que traigan otro

del mesmo tiempo, y quien sabe

si ellos se entienden su lengua

como los que semos grandes,

y a lo mejor pué caber

qu’esta custión nus la aclaren.

- ¡Oiga usted, señor Simón!

- Hable siñor cura, hable.

- Yo no veo otro camino

para salir de este enclave

que aplicar aquella historia

que le contaba ayer tarde

del “Juicio de Salomón”

en un caso semejante, 

donde, de un niño, decían

dos mujeres ser la madre.

-¡Hombre, pues tié usté razón,

siñor cura! ¡Caso en naide!

¡Miá por ande, este jaleo

lo arreglo yo en un istante!...

¡Que haiga silencio en la sala!

¡Que naide se menie ni hable!

Resultando que resulta

que el crío este de pañales

dice ser hijo… Quió icir

que al paicer tiene dos madres

pues las dos que lo reclaman 

alegan selo, yo, padre, 

digo juez de esta custión

que sigue sin aclarase, 

dispongo que agora mesmo

pa que no se haga más tarde,

el arguacil, con nevaja

o un guchillo de los grandes,

u también con un hachuelo

u otro estrumento cortante,

coja al crío de las patas

y lo cuerte en dos mitades…

- ¡Siñor juez! ¿Qué está dijendo?...

- ¡Repaineta! ¡Que te calles!...

Y una vez cuertau el crío

por la metá y en dos partes,

de arriba abajo, de lau,

u pol medio si es más fácil,

se dé una a cada mujer

que declaran ser la madre

pa que tengan cada cual

medio zagal y se callen.

- Pero ¡Oiga siñor don juez!

¿Será capaz de cuertale

como si fuá un tocinico

a este enfeliz que no charte?...

- ¡Tú a callar! Coge un guchillo

y a cumplir lo que te manden,

que pa eso eres arguacil.

- ¡Qu’eso es un crimen mu grande!

- ¡Tú a obedecer!

-¡Pues mire usté, aunque me mate

no cuerto a esta creatura

tan enfeliz, en dos partes!

- ¡Juicio acabau y resuelto!

¡Tú arguacil! ¡Tú eres la madre!



Autor: Adelino Gómez Latorre   Caminreal  (1913 -1975)               

Publicado en 1994 en el Diario de Teruel.                                               


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